El Mercado de Valores Ecuatoriano
Un reflejo de nuestros problemas como sociedad
Dr. Diego Garcés Velalcázar
8/7/20262 min read
Cuando se analiza el limitado desarrollo del mercado de valores ecuatoriano, la explicación suele centrarse en la regulación, la falta de incentivos o las condiciones económicas. Sin embargo, quizás el problema sea mucho más profundo. Tal vez el mercado de valores no sea la causa, sino el síntoma.
Ecuador cuenta con bolsas de valores, emisores, inversionistas, casas de valores y un marco normativo especializado. Sin embargo, después de décadas de existencia, el mercado de capitales sigue teniendo una incidencia reducida en el financiamiento empresarial y en la generación de riqueza.
¿Por qué? Durante generaciones, los ecuatorianos hemos sido educados para pensar que la única forma de financiar proyectos es mediante deuda bancaria. La posibilidad de atraer inversionistas, compartir riesgos o financiar el crecimiento a través del mercado de capitales sigue siendo ajena para gran parte de la población.
Pero el problema no termina ahí. Existe un rasgo cultural que se repite constantemente: nuestra dificultad para asociarnos y construir proyectos colectivos de largo plazo. Preferimos emprender solos antes que compartir ideas, esfuerzos o beneficios. La desconfianza suele imponerse sobre la colaboración.
Paradójicamente, admiramos los casos de éxito empresarial, pero en lugar de generar innovación, tendemos a replicarlos una y otra vez hasta saturar los mercados. Nos cuesta comprender que la fortaleza no siempre proviene de la multiplicación de actores, sino de la consolidación de organizaciones sólidas y competitivas.
Lo preocupante es que este fenómeno no se limita al ámbito económico. Lo vemos también en la política. Cada proceso electoral parece confirmar nuestra incapacidad para construir consensos duraderos. Decenas de movimientos políticos, innumerables candidaturas, organizaciones que nacen y desaparecen con cada elección y una fragmentación permanente de los espacios de representación. La consecuencia es evidente: abundancia de actores y escasez de institucionalidad.
Confundimos pluralidad con dispersión. Confundimos participación con fragmentación. Confundimos cantidad con calidad.
Y exactamente lo mismo ocurre en el mercado de valores. Mientras los mercados de capitales desarrollados se sustentan en la participación accionaria y en la generación de patrimonio, en Ecuador cerca del 98% de las transacciones corresponden a renta fija. La renta variable, que constituye el verdadero motor del crecimiento empresarial y de la democratización de la inversión, representa una participación marginal.
Seguimos privilegiando la deuda sobre la asociación, el financiamiento temporal sobre la construcción de patrimonio y el individualismo sobre la colaboración.
Si queremos un mercado de capitales más profundo, dinámico y eficiente, probablemente debamos comenzar por algo más elemental: fortalecer nuestra cultura de cooperación, confianza e institucionalidad.
Porque ningún mercado será más sólido que la sociedad que lo sostiene. Y quizás el gran desafío del Ecuador sea aprender a construir instituciones fuertes, capaces de trascender personas, regiones e intereses coyunturales.
Solo entonces podremos pasar de una lógica de fragmentación a una lógica de crecimiento compartido.
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